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La tormenta cambiaria

Por qué cada vez más empresas colombianas —exporten o no— están revisando sus opciones de protección legal

Hay un tipo de silencio particular en las gerencias generales, juntas directivas y direcciones financieras de las empresas colombianas de los últimos meses. No es el silencio de la indiferencia, sino el de quien revisa un flujo de caja y no termina de entender por qué, a pesar de que las ventas se mantienen o incluso crecen en volumen, el dinero disponible cada vez alcanza para menos. Construir una empresa es una obra de vida que demanda años de dedicación, sacrificios y una visión clara de futuro; y sin embargo, en el entorno económico actual existen variables macroeconómicas completamente ajenas al control del empresario que pueden amenazar la estabilidad de incluso el negocio mejor gestionado.

El mercado colombiano atraviesa una confluencia de factores que, en no pocos casos, ha llegado a comprometer el supuesto de negocio en marcha de compañías que hasta hace apenas un par de años se consideraban plenamente estables. Y aquí conviene detenerse en una precisión importante: esta presión no es exclusiva de las pequeñas y medianas empresas. Alcanza por igual a grandes corporaciones exportadoras, a compañías medianas con ventas parciales al exterior y a negocios que no tienen una sola factura en dólares pero compiten en el mismo terreno afectado. Comprender el origen de esta presión y conocer las herramientas legales permanentes diseñadas para blindar la operación y el patrimonio es, hoy más que nunca, el primer paso responsable que puede dar cualquier administrador.

Tres fuerzas que están estrangulando la caja empresarial

La experiencia de nuestra firma en el acompañamiento a empresas en dificultades nos permite identificar con claridad que la presión actual sobre el flujo de caja no responde a un solo factor aislado, sino a la convergencia simultánea de tres fenómenos que se retroalimentan entre sí.

El primero es la revaluación del peso, un fenómeno que golpea de manera directa y severa al sector exportador, tanto de bienes como de servicios. La lógica es tan simple como implacable: cuando una empresa recibe sus ingresos en dólares pero sostiene su operación con costos fijos denominados en pesos, ese descalce estructural erosiona de forma drástica los márgenes de rentabilidad, incluso si el volumen de ventas se mantiene estable o crece.

El segundo factor son las tasas de interés elevadas. Aunque las tasas de referencia han mostrado ajustes recientes, el costo de la deuda ya acumulada y el de la financiación diaria del capital de trabajo continúan siendo sumamente altos, lo que encarece de forma sostenida el servicio de la deuda financiera de cualquier compañía, exporte o no.

El tercero son los aumentos en los costos laborales. El incremento real del salario mínimo, sumado a la reducción progresiva de la jornada laboral máxima legal, configura una estructura de costos operativos rígida justo en un momento en que los ingresos de muchas empresas están decreciendo o, en el mejor de los escenarios, estancados.

Las cifras de admisiones que publica la Superintendencia de Sociedades en su Atlas de Insolvencia confirman que cada vez más compañías están acudiendo a las herramientas legales de protección. Y hay un dato de fondo aún más revelador: la presión que generan estas tres fuerzas combinadas no distingue industrias. Cuando la caja operativa comienza a estrangularse, esperar pasivamente a que el mercado cambie de rumbo suele reducir de forma drástica el margen de maniobra disponible para actuar.

Cuando el estigma retrasa la solución

Existe una barrera adicional, menos técnica pero igual de peligrosa: el estigma. Históricamente, los términos "reorganización" e "insolvencia" han cargado con una connotación social y comercial injustificada, asociándose de manera errónea con el fracaso empresarial o con el cierre definitivo de las puertas de un negocio. Esa percepción, profundamente arraigada, retrasa decisiones que si se tomaran a tiempo podrían salvar la compañía en lugar de condenarla.

En la práctica empresarial moderna la realidad es exactamente la opuesta: la reorganización es un mecanismo legal que permite a las empresas que atraviesan dificultades un espacio para reorganizarse internamente, ordenar sus obligaciones y negociar con sus acreedores las condiciones y plazos de pago que hagan posible la continuidad de la operación. Es, además, un escudo legal de protección patrimonial, no la antesala de un cierre. Quien actúa con anticipación conserva las opciones disponibles, y esa es precisamente la diferencia entre una crisis que termina en liquidación forzosa y una que termina en una empresa reestructurada y viable.

Un marco legal que ya no es temporal, sino permanente

Uno de los hechos jurídicos más relevantes de esta coyuntura y que sorprendentemente pocos empresarios conocen es que el marco normativo colombiano evolucionó recientemente para dar respuesta estructural a este tipo de crisis. La Ley 1116 de 2006, norma histórica del régimen de insolvencia empresarial en el país, fue complementada con las reformas introducidas por la Ley 2437 de 2024, que convirtió en legislación permanente mecanismos que antes solo estaban regulados de forma transitoria durante la emergencia económica, social y ecológica derivada de la pandemia. Esto no es un detalle menor: significa que hoy existe una estabilidad normativa que antes no existía, y que las empresas pueden planificar su estrategia con la certeza de que las reglas de juego no cambiarán de manera abrupta en el corto plazo.

Con ese marco vigente, el catálogo de herramientas prácticas disponibles es más amplio de lo que la mayoría de directivos imagina.

La primera es la negociación de acuerdos de reorganización, cuya principal virtud y la razón por la que hoy resulta tan relevante en el contexto cambiario que atraviesa el país es la posibilidad de realizar negociaciones por clases de acreedores. Esto significa que, dependiendo de las condiciones y del mecanismo aplicable, no necesariamente es preciso involucrar de la misma manera a la totalidad de los acreedores en una negociación, sino que pueden concentrarse los esfuerzos en las clases de acreedores que resulten relevantes para la situación de la empresa, por ejemplo, los acreedores financieros.

A ello se suma la reducción de los tiempos de trámite frente al proceso ordinario, lo que permite que la empresa pueda avanzar con mayor rapidez en la búsqueda de un acuerdo con sus acreedores. En un escenario donde la caja se agota semana a semana, la velocidad del mecanismo legal no es un detalle procedimental menor: puede marcar la diferencia entre negociar cuando la empresa todavía conserva liquidez y margen de maniobra, o hacerlo cuando sus alternativas ya se encuentran considerablemente reducidas

La segunda es el procedimiento de recuperación empresarial ante las cámaras de comercio, que traslada buena parte de la negociación fuera del aparato judicial tradicional hacia un espacio administrativo más ágil, con posibilidad de validación judicial posterior. Este mecanismo resulta particularmente valioso para compañías que buscan resolver su situación de manera discreta y expedita, sin la exposición pública ni los tiempos muertos que suele implicar un litigio ante un juez.

La tercer figura es la reorganización abreviada, un mecanismo pensado específicamente para deudores con activos iguales o inferiores a 5.000 S.M.L.M. V, que reconoce que una pequeña o mediana empresa no puede ni debe someterse a las mismas cargas procesales, probatorias y de tiempo que exige un proceso ordinario diseñado originalmente para estructuras empresariales más complejas. Esta simplificación no implica una protección de segunda categoría; implica, por el contrario, un traje a la medida que reconoce la realidad operativa de compañías que, aun siendo viables, no cuentan con el músculo administrativo para sostener un litigio prolongado.

Dentro de cualquiera de estas rutas, la ley faculta además a las empresas para pactar alivios financieros estructurales: deudas sostenibles ajustadas a la caja real del negocio, descargas de pasivos, o la capitalización de pasivos, que permite que ciertos acreedores conviertan sus acreencias en participaciones temporales y colaboren así en la viabilidad de la compañía en lugar de precipitar su cierre.

Hay un efecto protector que conecta a varias de estas figuras y que resulta especialmente relevante para cualquier gerente que teme perder el control operativo de su empresa: desde el inicio del proceso de reorganización se suspenden los procesos de ejecución y de cobro que se adelanten contra el deudor, y no pueden iniciarse nuevos procesos de cobro por obligaciones sujetas al proceso.

A ello se suma que, en los mecanismos en los que la ley así lo establece, las medidas cautelares practicadas sobre bienes distintos de aquellos sujetos a registro pueden levantarse por ministerio de la ley, lo que incluye, en determinados casos, los dineros embargados, que deben ser entregados al deudor. Estas medidas buscan evitar que las acciones individuales de cobro terminen paralizando la operación de la empresa mientras se desarrolla el proceso de reorganización, aunque su alcance y efectos dependen del mecanismo aplicable y de las circunstancias particulares de cada caso.

Ninguna de estas herramientas fue concebida como un trámite de liquidación. Todas responden a la filosofía que inspira el régimen desde su origen: preservar la empresa como unidad generadora de empleo y de valor, brindándole el tiempo y las condiciones jurídicas necesarias para reorganizar sus obligaciones y buscar su continuidad mientras todavía existen alternativas.

La presión no distingue — y las herramientas tampoco

Aquí conviene subrayar algo que suele pasarse por alto en el debate público sobre esta coyuntura: la presión no distingue entre quien exporta y quien no, y las herramientas legales para enfrentarla, tampoco. La afectación se ha extendido mucho más allá del sector exportador tradicional. Los proveedores y empresas satélite de exportadores enfrentan una contracción en cadena que golpea sus propias ventas. Las empresas con exportaciones parciales ven cómo el componente en dólares de sus ingresos dejó de compensar su estructura de costos en pesos. Las compañías intensivas en nómina sufren de forma directa el impacto de los incrementos salariales y la reducción de jornada, aunque vendan exclusivamente en el mercado interno. Las empresas con endeudamiento a tasa variable cargan con una financiación cada vez más onerosa, sin importar cuál sea su mercado de destino. Y los productores nacionales compiten en clara desventaja frente a productos importados que se han abaratado como consecuencia directa de la revaluación. Para cada una de estas realidades distintas, el marco descrito ofrece rutas también distintas, pero igualmente efectivas.

El valor de anticiparse

Existe una diferencia decisiva y que rara vez se comunica con suficiente claridad entre actuar cuando todavía hay margen y actuar cuando la crisis ya no da espera. El análisis temprano de las señales financieras marca la diferencia real entre un cierre forzoso y una reestructuración exitosa.

No se automedique. Detectar una dificultad financiera no significa que la primera solución sea necesariamente acudir directamente al banco a solicitar una refinanciación. En ocasiones, ante la preocupación por el deterioro de la caja, las empresas comienzan a renegociar sus obligaciones financieras sin haber determinado previamente si una refinanciación es realmente conveniente, cuál será su impacto sobre el flujo de caja, reportes en centrales, o si, por el contrario, la situación requiere una estrategia de reestructuración más amplia.

La diferencia entre refinanciar una obligación y reestructurar integralmente las obligaciones de una empresa es fundamental. Una negociación individual con una entidad financiera puede ser una alternativa adecuada en determinados casos, pero también puede comprometer la caja futura de la compañía o llevarla a asumir condiciones que, analizadas dentro de una estrategia financiera y jurídica integral, podrían no ser las más convenientes para preservar su continuidad.

Por eso, antes de dar ese primer paso, es importante determinar cuál es realmente la situación de la empresa. ¿Conviene acercarse directamente a la entidad financiera? ¿Es mejor hacerlo acompañado de un asesor? ¿La empresa necesita primero un análisis financiero que permita establecer su capacidad real de pago? ¿O las dificultades son de tal magnitud que resulta necesario evaluar un proceso de reorganización empresarial?

Actuar a tiempo no significa actuar apresuradamente. Significa diagnosticar primero y decidir después.

Muchas veces las señales están visibles antes de lo que el propio empresario percibe. Los asesores de confianza de las compañías contadores y revisores fiscales suelen detectar síntomas en los estados financieros antes de que estos se manifiesten plenamente en la operación diaria. Escuchar esas señales y analizarlas oportunamente puede permitir que la empresa tome decisiones con más información y conserve un mayor margen de maniobra.

Seis preguntas que el empresario debería responderse esta semana

No son preguntas retóricas: son el punto de partida para entender, con objetividad y no con intuiciones, en qué terreno se encuentra realmente su empresa. Quien llega a una conversación profesional con estas respuestas en la mano llega con la mitad del camino recorrido.

1. ¿Cuántas semanas de operación cubre hoy la caja disponible, sin recurrir a nuevo endeudamiento? Si la respuesta no se conoce con precisión, esa es ya la primera señal.

2. ¿Qué porcentaje de los ingresos depende del dólar, directa o indirectamente, y qué pasa con el margen si la revaluación se mantiene un año más? Una revaluación estructural no es un golpe pasajero, y planear con la esperanza de que se revierta no es planear.

3. ¿Qué proporción del margen operativo se está consumiendo el servicio de la deuda, y cuánta de esa deuda está pactada a tasa variable? Cada punto de tasa se traduce en margen que la operación deja de ver.

4. ¿Los costos laborales vienen creciendo más rápido que los ingresos desde los últimos ajustes de salario mínimo y de jornada? Si es así, la brecha se ampliará de forma automática, trimestre tras trimestre, sin que nadie tome una sola mala decisión.

5. ¿Qué señales han advertido el contador o el revisor fiscal que aún no se han verificado con cifras? Con frecuencia la alarma ya existe dentro de la propia empresa; solo falta validarla con números.

6. ¿Se sabe cuál de los mecanismos legales vigentes aplicaría a la empresa, según su tamaño y su situación? No conocer las opciones también tiene un costo, y suele pagarse cuando ya queda poco tiempo para elegir.

El siguiente paso

Abordar la coyuntura a tiempo no es una muestra de debilidad. Es, por el contrario, la decisión estratégica más responsable que puede tomar un gerente, un director financiero o un miembro de junta directiva para preservar el empleo de sus colaboradores, la continuidad del negocio y el legado construido a lo largo de los años. El momento de informarse no es cuando la situación se vuelva insostenible, sino ahora, mientras todavía existen opciones sobre la mesa.

Formúlese estas preguntas, respóndalas con cifras y no con intuiciones y, cuando decida dar el siguiente paso, conversemos:

la conversación es confidencial.

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