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Ya sabemos nombrar el problema. Ahora, ¿qué hacemos con él?

hace 11 minutos
6 min de lectura

La pregunta que más nos hicieron después de nuestro primer texto sobre pulgas, perros, tigres y elefantes Tres días después de publicar el primer texto de esta serie, nos escribió una lectora que dirige, junto a sus dos hermanos, una empresa de insumos agrícolas fundada por su papá. Nos contó, con una honestidad que se agradece, que se había sentido completamente retratada: que en su familia el chat de la junta también se incendia por cosas pequeñas, y que el verdadero elefante en su caso, qué pasa con las acciones si algo le llegara a pasar a su papá lleva año y medio esperando una conversación que nadie se atreve a empezar. Y después nos hizo la pregunta que, nos dimos cuenta, no fue la única: “Todo esto suena muy bien, ¿pero en la práctica, qué hago? ¿Cuál es el protocolo?”.

No fue la única persona que nos preguntó eso. En las dos semanas siguientes, la misma pregunta llegó, con distintas palabras, de varios lectores más: dueños de empresas de todos los tamaños, algunos con protocolo de familia ya firmado, otros sin ninguno, todos con la misma inquietud de fondo. Nombrar el problema saber que es una pulga y no un tigre resulta ser sólo el primer paso. El segundo, el que de verdad les preocupa, es qué se hace después de nombrarlo.

Así que en vez de escribir tres textos distintos uno por cada tipo de problema que nos faltaba decidimos responder la pregunta como nos la hicieron: de una sola vez, y con la misma honestidad con la que ustedes nos la hacen. Esto es, en la práctica, lo que hemos visto que funciona con un perro, con un tigre y con un elefante, después de treinta años acompañando familias que se hacen estas mismas preguntas.

Con el perro: lo que se acuerda de palabra, no existe

En una empresa familiar de distribución, uno de los primos accionista, pero sin ningún cargo operativo empezó a cuestionar, cada vez con más frecuencia, por qué su prima, que sí trabaja en la empresa, recibía un bono anual que a él, como accionista, no le llegaba de ninguna forma. En una reunión familiar, hace dos años, se habló del tema y quedó, según recuerda la mayoría, más o menos resuelto: se acordó revisar la política de dividendos y bonos en la siguiente Asamblea. Nadie escribió esa conversación en ninguna parte. Cuando llegó la siguiente Asamblea, dos personas recordaban el acuerdo de una manera, una tercera no recordaba que se hubiera acordado nada, y el primo que sí lo recordaba con precisión sintió, otra vez, que lo estaban ignorando.

Este es exactamente el patrón que hace que un perro, en lugar de resolverse, se vuelva crónico: se conversa, parece que se resuelve, y nadie lo deja por escrito. Lo que hemos adoptado, con las familias que acompañamos, es una regla simple y no negociable: ningún acuerdo sobre un problema perro se da por cerrado hasta que exista, en una sola página, la respuesta a cuatro preguntas. Qué se decidió, exactamente, con las palabras más precisas posibles no “vamos a revisarlo”, sino qué se va a revisar y bajo qué criterio. Quién queda a cargo de ejecutarlo o de traerlo de vuelta a la mesa. Para cuándo. Y cómo se va a hacer seguimiento: en la próxima Asamblea, en la próxima Junta, o en una fecha específica del calendario.

Suena casi demasiado simple para una familia con treinta años de historia y un negocio de cientos de empleados. Pero la mayoría de los perros que hemos visto crecer hasta volverse un problema de gobierno serio no crecieron porque el desacuerdo original fuera irresoluble. Crecieron porque nadie dejó registro de qué se había resuelto, y la memoria de cada quien convenientemente o no terminó recordando una versión distinta.

El perro, al menos, da tiempo de escribirlo con calma al día siguiente. El tigre no da ese lujo: exige que la respuesta ya esté decidida antes de que aparezca.

Con el tigre: la velocidad importa más que tener la razón

Una tarde, en una empresa de manufactura, alguien de la familia reenvió, sin pensarlo dos veces, un mensaje con las proyecciones financieras del año siguiente a un grupo de chat equivocado: uno donde, además de la familia, estaban dos proveedores. El error se notó a los veinte minutos y se corrigió se pidió borrar el mensaje, se aclaró el malentendido, pero para entonces uno de los proveedores ya había hecho captura de pantalla, y esa información terminó, dos semanas después, comentada de forma casual en una reunión con un competidor.

Esto es un tigre una filtración de información confidencial con riesgo real para la empresa, aunque haya empezado de una manera tan poco dramática como un mensaje mal enviado. Y lo primero que hemos aprendido acompañando estos casos es que la velocidad de la respuesta importa más que tener razón sobre cómo pasó o de quién fue la culpa. En las familias que responden bien existe, de antemano, una cadena de llamadas ya definida: la primera persona a la que se avisa, quien tiene autoridad para decidir si se necesita un abogado esa misma tarde, y quien se encarga de la comunicación interna y, si hace falta, externa mientras se resuelve. Nada de esto se decide en el momento; se decide antes, precisamente porque en el momento nadie piensa con claridad.

En el caso de la filtración, la familia activó ese protocolo el mismo día: revisaron qué información específica se había filtrado, evaluaron el riesgo real resultó ser menor del que temían y sólo después, con la cabeza fría, tuvieron la conversación interna sobre qué hacer con los grupos que mezclan familia y terceros. Esa conversación, si se hubiera dado primero, en caliente, habría terminado en una pelea sobre quién fue el responsable. Dada después, terminó en una política nueva que hoy toda la familia sigue sin quejarse.

El elefante, en cambio, no exige velocidad. Exige, más bien, que alguien se atreva a convocar la reunión que todos llevan años evitando.

Con el elefante: la conversación necesita una agenda, no una intención

A una familia que fabrica productos de consumo le llegó, hace un año, una oferta seria de compra de una multinacional del sector. Dos de los tres hermanos que dirigen la empresa querían vender: veían una oportunidad que quizás no se repita. El tercero se negaba, no sólo por razones económicas sino porque la empresa lleva el nombre de su papá y la idea de venderla le resultaba, en sus palabras, “como venderlo a él”. Durante meses, el tema se mencionó en conversaciones informales, casi siempre terminando en discusión, sin que nadie propusiera formalmente sentarse a decidir nada.

Este es un elefante clásico: grande, con implicaciones para todos, y evitado precisamente porque tocarlo se siente como abrir una crisis. Lo que hemos visto que funciona no es esperar a que alguien se anime a proponer la conversación de manera espontánea eso, en la mayoría de los casos, no ocurre nunca, sino construir, con ayuda externa, una agenda formal antes de la reunión: qué información objetiva necesita cada uno para decidir con criterio y no únicamente con el estómago (una valoración independiente de la empresa, por ejemplo), quién va a moderar la conversación para que no se convierta en tres hermanos discutiendo sin árbitro, y qué se hace si, al final, no logran ponerse de acuerdo porque esa pregunta también hay que responderla antes, no en medio del conflicto.

En el caso de esta familia, la conversación tomó dos reuniones formales de Consejo de Familia, con un facilitador externo, y terminó en un acuerdo que ninguno de los tres había anticipado al principio: no vendieron la empresa completa, pero sí una participación minoritaria que le dio liquidez a quien la necesitaba, sin que el hermano que se resistía tuviera que renunciar al nombre de su papá en la fachada. A ese tipo de acuerdo no se llega discutiendo en el clóset de la sobremesa. Se llega con agenda, con información, y con alguien de afuera que no tenga que cargar, además, con el peso emocional de ser hijo de nadie en particular.

Volviendo a la pregunta

Volviendo a la lectora que nos escribió después del primer texto: le respondimos, aparte de este blog, algo que vale la pena repetir aquí. El protocolo para un perro, un tigre o un elefante no es una fórmula que se aplica igual en todas las familias cada una de las tres historias de este texto se resolvió de una manera distinta, porque cada familia es distinta. Lo que sí es igual en las tres es la disciplina detrás: nombrar bien el problema, no dejar que la memoria de cada quien reemplace un acuerdo por escrito, no improvisar en caliente lo que se puede tener resuelto de antemano, y no esperar a que alguien se anime solo a abrir la conversación más difícil.

Si a ustedes también les está rondando una pregunta parecida a la de nuestra lectora, escríbannos. Las mejores preguntas de esta serie, hasta ahora, no han salido de nuestra experiencia. Han salido de la de ustedes.

Y si alguno de estos tres perro, tigre o elefante ya está sobre la mesa en su familia y prefieren no enfrentarlo solos, en Suárez Consultoría llevamos treinta años acompañando exactamente estas conversaciones.

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